«Hasta este lugar me había conducido el deseo de agradar a mis padres, a mi tía Pura, al vicario mosén Javier. Ahora me sentía cobijado por sus sonrisas y sin yo pedirlo en casa me servían la mejor ración a mí el primero, tanto en la comida como en la cena. Tú no eres como los demás, Manuel, tú has nacido para salvar almas. Come, hijo, come. ¿Quieres una tarta de postre? Mi padre me miraba como la pieza que colmaba su plan en la vida. Si daba un hijo a la Iglesia él tendría el cielo asegurado y mientras ese tránsito no se produjera la felicidad en la tierra consistiría en poseer huertos florecientes en plena producción, distintas cosechas de navel, mandarina y verna pagadas a veinte duros la arroba, abonadas con la misa diaria y trabajadas por unos jornaleros muy fieles. El día de mañana, hijo, serás un santo, un gran misionero».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent













