«—En fin, Ferran, muchas gracias por su tiempo, creo que ya lo tengo todo.
—¿No quiere quedarse a comer? Hoy trajimos unas clòtxinas fresquísimas.
—No, pero se lo agradezco».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
«—En fin, Ferran, muchas gracias por su tiempo, creo que ya lo tengo todo.
—¿No quiere quedarse a comer? Hoy trajimos unas clòtxinas fresquísimas.
—No, pero se lo agradezco».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
«A través de la ciudad y los días yo entonces buscaba a Marisa. ¿Por dónde andaría al atardecer aquella niña de ojos verdes plateados? En la salida de misa los domingos a las doce en la catedral o en la capilla de los Desamparados, en la iglesia de la burguesía San Juan y San Vicente, en los Dominicos de la calle Cirilo Amorós».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Pasados los Reyes yo volvía a Valencia. Allí me encontraba de nuevo con el olor a café torrefacto de algunas calles, las campanas de los tranvías y la humedad de la residencia, las carteleras de los cines, los muslos gigantes de las vedettes en los teatros de revista, Gracia Imperio, Carmen de Lirio, Virginia de Matos y también los billares Colón y la puerta trasera del Ruzafa, junto al bar La Nueva Torera, por donde entraban y salían las coristas».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«A un pobre escultor enamorado le encargaron la imagen de una Virgen, que se da por supuesto que se trataba de la Virgen de los Desamparados. El artista no encontró modelo más apropiado que el de su joven amante, que no era otra que la propia Viçenteta, una adolescente que vivía en una barraca de la huerta. En efecto, una noche de amor el escultor enardecido le dijo: «Voy a modelar tu cara y tú vas a ser la Virgen más bonita que se va a venerar en un altar».
Mientras la modelaba, el artista y la niña se amaban, sin distinguir la inspiración y el deseo, la devoción y el sexo. Bajo el emparrado de la barraca, una bella imagen surgió entre las flores. Gracias a las brujas manos del artista, el rostro de su Viçenteta, lleno de gracia y de amor, se transformó en el propio rostro de la Virgen, que el pueblo adoraba. La gente decía: «Mirad a la Viçenteta, más igual no puede estar. Ella es la verdadera Virgen que se venera en el altar».
Sin embargo sucedió lo inesperado. Mientras todo en la barraca cantaba y reía, el escultor amaba a Viçenteta, pero ella un día se fue con otro y huyó para siempre de su barraca. Como es lógico, el escultor quedó muy triste y despechado, de modo que aquel mismo año, cuando la Virgen salió en procesión por la huerta valenciana, al ver el artista la imagen que había creado recordó su cruel desengaño y quiso destrozarla gritando: «¡Traición!». Al oír que el escultor insultaba a la Virgen, la gente alarmada cesó de cantar, mas pronto rendido, vencido, humillado, el artista cayó arrodillado y comenzó a rezar: «¡Oh, santa Madre de Dios, no me hagas desgraciado, devuélveme a mi niña, que tiene tu carita, Virgen de los Desamparados!». El artista le pedía a la copia que le devolviera el original».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«—Si em permet, voldríem obsequiar-lo amb una imatge de la Mare de Déu de Czestochowa, coneguda com la Verge Negra. Crec recordar que vostès també tenen una marededéu negra, ¿és així?
—La Moreneta, sí, però en realitat està una mica més amunt. La nostra té gepa —confessà Salcedo amb un cert rubor—. D’ací que es conega amb el nom de la Geperudeta.
—Que curiós! —se sorprengué Gierek».
L’any de l’embotit
Ferran Torrent
«Por la Navidad volvía de vacaciones a Vilavella. Ese año Vicentico Bola se había comprado una vespa. Con ella el gordinflón hacía correrías por los prostíbulos de la comarca, a casa la Tanque en la Ronda de Burriana, al Pont de Sagunto, a casa la Pilar en Castellón. Vicentico Bola también solía visitar en el barrio chino de Valencia a Madame Doloretes en las Puertas de Hierro y a Carmen Guardia en el paseo de Jacinto Benavente. La vespa de Bola era ya famosa cuando llegué de vacaciones al pueblo».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent