recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas.
Y colgaron de un cordel de esquina a esquina un cartel y banderas de papel verdes, rojas y amarillas.
Y al darles el sol la espalda revolotean las faldas bajo un manto de guirnaldas para que el cielo no vea, en la noche de San Juan cómo comparten su pan, su tortilla y su gabán gentes de cien mil raleas.
Apurad que allí os espero si queréis venir, pues cae la noche y ya se van nuestras miserias a dormir.
Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta».
«Blanca sí había comprobado, basándose en la observación y la comparación con las madres de sus compañeras de colegio, que su madre no era como las demás; y por eso sus salidas y sus ausencias importaban un poco menos en el núcleo familiar. Su madre jamás le hacía bocadillos, sino que le compraba algo en la panadería a la hora de merendar. «Así el bolso no me huele a chóped», le decía simulando una arcada».
«Hay dos cosas que son incontrolables en un Domingo de Resurrección en El Cabañal. La primera es el sol. No recuerda ni un solo día así en el que el tiempo no fuera espléndido, casi desvergonzado. La otra es la música. En los Poblados Marítimos de Valencia, las procesiones de la jornada de Pascua se hacen a ritmo de pasodobles. La luz y las melodías festivas entran en tromba por las ventanas. Pese a la frenética actividad que las hermandades, cofradías y bandas de música despliegan por las calles, él experimenta los dulces efectos de una mañana perezosa».
«De vez en cuando, aparecía el "Perales" y pedía reunión o "asamblea", como el decía. Organizó en ese momento una buena pandilla. Seríamos unos treinta o cuarenta crios. Llevábamos como escudos las redondas tapas de bidones de Campsa, y con alambre a guisa de agarraderas. Armados con palos y cañas, haciendo el "cafre" nos dirigíamos a campo abierto en busca de rivales. Si había suerte y aparecían, "batalla" segura y si no, a esperar la próxima "asamblea".
Una vez el Perales se pasó de la raya y nos guio hasta una calle en la que estaba situado el nuevo y recién construido "Liceo Sorolla", y sin más miramientos, ordenó apedrear los ventanales. Una andanada y no quedó un cristal sano. Yo no se si llegué a arrojar alguna piedra, pero si quedé perplejo por la magnitud del hecho. Empezaron a salir estudiantes mayores con terribles intenciones, arrojé las "armas" y pies para que os quiero».
«Ni que decir tiene, que tuve que ingresar en el colegio. Por no haber plaza en la escuela pública "del pueblo", como todo el mundo lo llamaba, tuve que ingresar en un colegio de pago, el "Liceo Sorolla", una especie de instituto donde iban los niños "pijos" de la época. Entre aquel alumnado mixto, no caí demasiado bien, pues no conseguí ninguna amistad, más bien todo lo contrario.
Rápidamente me apodaron "el gordo", quizás porque estaba algo rellenito. Otros me llamaban "el pelao" en un tono despectivo, pues iba con el pelo cortado al rape con francheta. Ese era el corte de pelo de los pobres, y encima con alpargatas y con la bata listada. No pegaba mucho entre aquellos niños "pijos" bien calzados, bien vestidos y bien peinados con exceso de brillantina. No usaban la bata escolar, había una clase y yo no pertenecía precisamente a ella.
Recuerdo que todos los meses mis padres me entregaban un duro de plata para entregar al Sr. Director. Esto para mis padres representaba mucho dispendio y estaban deseando matricularme en la escuela pública.
De las niñas "pijas", no digamos nada, eran todavía peor... Burlas, tomaduras de pelo, enredos y acusaciones sin motivo. Cuando alguien hacía "algo" y el profe espetaba ¿quién ha sido ?, rápidamente me acusaban a mí , pobre inocente... recibiendo el injusto castigo de un palmetazo en la punta de los dedos, entre las crueles risotadas de "les xiquetes del parrús", y la condescendencia del profesor. No sabían el mal que hacían psicológicamente. Menos mal que solo fueron unos meses, hasta terminar el curso escolar. Llegué a odiarlos».
«Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas.
Y colgaron de un cordel de esquina a esquina un cartel y banderas de papel verdes, rojas y amarillas.
Y al darles el sol la espalda revolotean las faldas bajo un manto de guirnaldas para que el cielo no vea, en la noche de San Juan cómo comparten su pan, su tortilla y su gabán gentes de cien mil raleas.
Apurad que allí os espero si queréis venir, pues cae la noche y ya se van nuestras miserias a dormir.
Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta».
«Hay dos cosas que son incontrolables en un Domingo de Resurrección en
El Cabañal. La primera es el sol. No recuerda ni un solo día así en el
que el tiempo no fuera espléndido, casi desvergonzado. La otra es la
música. En los Poblados Marítimos de Valencia, las procesiones de la
jornada de Pascua se hacen a ritmo de pasodobles. La luz y las melodías
festivas entran en tromba por las ventanas. Pese a la frenética
actividad que las hermandades, cofradías y bandas de música despliegan
por las calles, él experimenta los dulces efectos de una mañana
perezosa».
«Hay dos cosas que son incontrolables en un Domingo de Resurrección en El Cabañal. La primera es el sol. No recuerda ni un solo día así en el que el tiempo no fuera espléndido, casi desvergonzado. La otra es la música. En los Poblados Marítimos de Valencia, las procesiones de la jornada de Pascua se hacen a ritmo de pasodobles. La luz y las melodías festivas entran en tromba por las ventanas. Pese a la frenética actividad que las hermandades, cofradías y bandas de música despliegan por las calles, él experimenta los dulces efectos de una mañana perezosa».
El silencio del pantano
Juanjo Braulio
Procesión del Domingo de Resurrección. Calle Escalante