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lunes, 25 de mayo de 2026

Las tardes se cerraban muy lívidas sobre el campo del Vallejo

«En enero había días de un sol muy dormido. En mitad de los exámenes parciales brotaban las gemas de los plátanos de la Alameda y el sonido del tranvía de circunvalación que pasaba junto al otro pretil del río era más nítido cuando soplaba el mistral. Las tardes se cerraban muy lívidas sobre el campo del Vallejo, que era el horizonte de mis lecturas».

Tranvía a la Malvarrosa

Manuel Vicent



Vallejo


miércoles, 18 de febrero de 2026

Estaba en la calle de Alboraya junto al campo de fútbol del Vallejo

«Entonces aún me debatía entre la fe en Dios y el placer que me exigían los sentidos. Tenía 17 años. La residencia de Pío XII estaba en la calle de Alboraya junto al campo de fútbol del Vallejo donde jugaba el equipo del Levante. Desde mi habitación se veía la portería norte y gran parte de la tribuna. Por las mañanas oía las voces del entrenador, el silbato de la gimnasia, los golpes secos de los futbolistas con la pelota. También había aprendido a calibrar el valor de las ovaciones del público durante los partidos: el error del árbitro, el balón que pasaba rozando el larguero, el fallo del defensa, la agresión de un contrario, la internada del delantero, cada jugada tenía un registro propio en las gradas que iba desde el aullido oscuro de la frustración al grito vengativo de la fiera, desde el rumor de la tormenta que se avecina a la explosión abierta del gol de la victoria. ¿Qué habrá pasado? Nada, eso ha sido un córner, pensaba yo sin levantar la vista del libro de texto cuando estudiaba los domingos por la tarde. ¿Y ahora? Eso es penalti, sin duda alguna. El director de la residencia, don Santiago Martínez, era un cura moreno que gustaba mucho a las mujeres».

Tranvía a la Malvarrosa

Manuel Vicent



Campo de Vallejo

Todocolección

sábado, 4 de diciembre de 2021

Junto al campo de fútbol del Vallejo donde jugaba el equipo del Levante

«Entonces aún me debatía entre la fe en Dios y el placer que me exigían los sentidos. Tenía 17 años. La residencia de Pío XII estaba en la calle de Alboraya junto al campo de fútbol del Vallejo donde jugaba el equipo del Levante. Desde mi habitación se veía la portería norte y gran parte de la tribuna. Por las mañanas oía las voces del entrenador, el silbato de la gimnasia, los golpes secos de los futbolistas con la pelota. También había aprendido a calibrar el valor de las ovaciones del público durante los partidos: el error del árbitro, el balón que pasaba rozando el larguero, el fallo del defensa, la agresión de un contrario, la internada del delantero, cada jugada tenía un registro propio en las gradas que iba desde el aullido oscuro de la frustración al grito vengativo de la fiera, desde el rumor de la tormenta que se avecina a la explosión abierta del gol de la victoria. ¿Qué habrá pasado? Nada, eso ha sido un córner, pensaba yo sin levantar la vista del libro de texto cuando estudiaba los domingos por la tarde. ¿Y ahora? Eso es penalti, sin duda alguna. El director de la residencia, don Santiago Martínez, era un cura moreno que gustaba mucho a las mujeres».

Tranvía a la Malvarrosa

Manuel Vicent



Campo de Vallejo. Temporada 40-41

Todocolección

lunes, 16 de octubre de 2017

El agua lo cubría todo

«Noviembre y febrero son allá meses de lluvias torrenciales. En las calles cercanas al río preparaban las casas contra la inundación, ajustando unos tablones al dintel de la puerta. Mas en otro barrio opuesto un afluente también solía desbordar con las lluvias, y sus aguas iban a tenderse, lisas como un espejo enamorado de la imagen que refleja, sobre la llanura donde está asentada la ciudad.

Una mañana vinieron a buscarle al colegio a hora desusada. Llovía días y días, torrencialmente; y el agua desbordando ya por el prado, sería difícil para él volver a su casa en las afueras si se retrasaba un poco. Hubo que dejar el coche al salir de las últimas calles. Aquella avenida de castaños que antes tantas veces recorriera a pie, tuvo entonces que cruzarla en barca.

El agua lo cubría todo, y al fondo surgían de la laguna los edificios extraños y exactos tras una delgada fila de árboles. Algunas gentes cruzaban confusas e inhábiles sobre puentes recién construidos con tablas. Mas casas y gentes parecían ahora breves y sin trascendencia, como si al privarles el agua de la acostumbrada base terrena (así ocurre con un navío al hacerse a la mar) dejara al descubierto su verdadera proporción y significado.

Ya en casa, tras de los cristales de un balcón, miró el jardín, que un muro protegía de las aguas. La laguna con sus frágiles puentecillos, negras líneas sin perspectiva bajo un plano cielo gris estriado de blanco por la lluvia, era como el paisaje de un abanico japonés que su madre tenía.

Al llegar la noche, derribados con el temporal los postes y alambres eléctricos, no había luz. A la claridad de las velas, un libro ante sus ojos soñolientos, escuchaba el viento afuera, en el campo inundado, y la lluvia caudalosa caer hora tras hora. Se sentía como en una isla, separado del mundo y de sus aburridas tareas en ilimitada vacación; una isla mecida por las aguas, acunando sus últimos sueños de niño».

La riada

Luis Cernuda


Vallejo. Octubre de 1957

Las Provincias

Subida por Ramón Sánchez Castelló‎ a VAHG