cull una a una, i en brillant pomell
que la mateixa Flora envejaria
junta el gesmil, la rosa i el clavell;
la que desfulla la frondosa branca,
aliment de l’insecte filador;
la que als rossos capells, cantant, arranca
la subtil fibra d’or».
«En la escuela de monjas, a la que entraba por la puerta trasera como todas las niñas pobres con un babero a rayas, aprendí a coser y a rezar. Cuando era niña, las flores olían mucho más fuerte, de otra manera; siempre será un misterio cómo olían las rosas que llevábamos cantando a la Virgen el mes de mayo, venid y vamos todos con flores a María, luego las campanas y las tracas en las fiestas de verano, las jotas valencianas con una guitarra bajo las parras de alguna barraca de la huerta cuando íbamos de paella, pero a mí me gustaban más los cuplés que cantaban Raquel Meller y la Fornarina».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Y cómo entrenaban a los gallos… Con qué devoción y mimo y cariño y sensibilidad y ternura…
No les falta de nada, a los gallos de su propiedad. Durante los meses de buen tiempo les instalaban en la azotea y el cocoricó mañanero se propagaba por el aire hasta flotar sobre las aguas de la Albufera».
La gallera
Ramón Palomar
«Y del amor y desamor, entre la pérdida y el reencuentro establecido con su amante, extrajo el maestro Penella toda la inspiración de la canción «La Maredeueta», cuya letra, de José Santonja, narraba el juego de un escultor y su modelo, una confusión de la imagen con la realidad que termina con una súplica desgarrada a la Virgen de los Desamparados que rompe la ficción:
Era un huerto alegre cuajado de flores,
en la vega hermosa que el Turia acaricia.
Era un nido eterno, de los ruiseñores,
jardín encantado de toda delicia.
Allí en la barraca nació Viçenteta,
que a las mismas flores envidia les daba,
y allí cierta noche dio cita indiscreta
a un humilde artista que fiel la adoraba».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«—El relajo lo alcanza todo —se lamenta don Pinicio—. El otro día… No debería contarlo, pero necesito desahogarme… Por otra parte, se dice el pecado, pero no el pecador. En fin, el otro día me encontré con un buen amigo, un sacerdote de los tiempos en que aquí había vida, un hombre que, me consta, siempre ha sido intransigente y recto como una espada en asuntos de moral. Pues bien; me confesó, con amargura pastoral, que el obispo de su diócesis les ha dado instrucciones reservadas en el sentido de que debemos ser más condescendientes con las faltas contra la castidad de los novios.
—¿Es posible? —se pasma don Próculo.
—Ya lo ves. Antes no les consentíamos nada más que darse la mano y, como mucho, si eras un cura liberal, cosa que yo nunca fui, algún beso en la mejilla, siempre en presencia de personas de orden.
—Pero ¿cómo puede aconsejar eso un obispo?
—Bueno, él lo justifica porque escudriñando los textos sagrados se puede inferir cierta legitimidad de las relaciones prematrimoniales. Dice que, cuando el amor va en serio y encaminado al matrimonio, puede hablarse de "indicios de sacramentalidad"».
La década que nos dejó sin aliento
Juan Eslava Galán