Es guanyaran dignament el seu sou.
Bella és la vida».
«A eso de mediodía llamaron a la puerta de casa y alguien dijo: "El afilador. Está aquí el afilador". Desde la cocina grité que no necesitábamos nada, pero la voz insistió: "Señora, salga usted, que el afilador le trae un regalo". Pensé que se trataba de algún guasón y me asomé desconfiada».
La buena letra
Rafael Chirbes
«En la casa de al lado aún permanecía el mismo umbral donde ella se sentó a cantarle una nana a su hermanito muerto, y enfrente seguían plantados maizales, berenjenas, patatas, cebollas, pimientos, tomates en tablas de tierra fértil tiradas a escuadra. Pocas cosas habían cambiado. Aquel hombre de grandes bigotes llamado el Pardalero pasaba en ese instante algo envejecido y no tan jovial con la misma bicicleta vendiendo pajaritos de madera de varios colores. La estrella detuvo el coche, lo llamó desde la ventanilla. «¿Cuánto vale el jilguero?». «Para usted, una aguileta, señorita»; una aguileta eran cinco céntimos. Conchita Piquer compró el pajarito y lo dejó colgado con una cinta del espejo retrovisor. Otro sueño cumplido. Cuántas veces había llorado de niña al oír la canción de aquel buhonero, xiquets, ploreu, que pardalets tindreu, y por mucho que llorara, su madre nunca quiso comprarle ese pajarito que tanto deseaba. Ahora el jilguero de madera pintado de rojo, blanco y azul se balanceaba sobre el salpicadero del Hispano-Suiza. Era una conquista del pasado que la llenó de felicidad».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Cualquier oficio o producto casero se ofrecía desde la calle a los señores de Valencia: el que fabricaba hornillos en la acera misma, el que vendía maní, el terrero con su pollino y capazos repletos de tierra para fregar, el vendedor de fruta confitada con arrope, y cada uno de estos servicios ambulantes iba acompañado de un alarido peculiar, de un pregón o cancioncilla. Antes del amanecer llegaban al mercado los cargamentos de frutas y verduras tirados por poderosos rocines».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Desde la huerta cada mañana entraban en la ciudad toda clase de servidores: los que recogían el estiércol, los horchateros arrastrando el carrito con toldillo de colores, los que repartían pajuelas impregnadas de azufre como combustible…».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«O la canción de aquel personaje famoso tan risueño que lucía un gran mostacho, llamado el Pardalero, montado en su bicicleta, que vendía pajaritos de madera pintados de muchos colores y cantaba una tonadilla cautivadora:
"Dos pardalets i una aguileta d’eixos que van
en bicicleta.
Xiquets, ploreu, que pardalets tindreu".
La niña Conchita, pese a que lloraba, nunca logró que su madre le comprara uno de aquellos pajaritos, pero ella no paraba de cantar como un jilguero, aunque su abuela, la comadrona que la trajo al mundo tirándole de los pies, decía que tenía en la voz al propio diablo».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«La señora Ramona iba empotrada en la compañía de zarzuela como sastra. Desde Benicalap al piso 44 de un rascacielos del centro de Manhattan; se acabó el oír cada mañana al despertar el canto de los gallos de sucesivas barracas vecinas, el concierto de los gorriones en el tejado, el rebuzno de algún asno, el cacareo de las gallinas, el flautín del afilador, los gritos de los buhoneros, la esquila de la vaca rubia que pasaba por delante de casa y que una niña traía desde la huerta para vender leche ordeñada en cada portal...».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Me gustaba ir a comprar el diario al kiosco, "El Mercantil", llevaba los domingos un suplemento infantil: "Colilla y su pato banderilla". Y compraba "El aventurero" con Flash Gordon, Dale Arden y el Dr. Zuckov.
Los domingos eran días mágicos para mí. La lectura, el cine, el intercambio de tebeos con los chicos de la calle... Y por la mañana temprano, como no, el churrero, con su gran cesta de mimbre, su chaquetilla blanca y cantando la mercancía :
¡ Churritos calientes
para las abuelitas
que no tienen dientes.
Churreroooo !».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«Pasaban por el barrio, de vez en cuando, los organilleros, tocando y cantando las canciones de moda en ese momento. Pasando después a vender sus letras impresas en cuartillas de basto papel. "María de la O", "Rocío", "Mi jaca", "Échale guindas al pavo", "El día que nací yo", "Los campanilleros", etc.
Aparecían también los Romanceros que montaban su caballete y nos metían sus rollos de "Sang i Fetge"... El crimen de la madrastra que degolló a su hijastra y metió su cabeza en el orinal... ¡Ah ! y el último grito, "El crimen de Cuenca", que la gente, por unos céntimos le quitaban de las manos la historia impresa».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«En la esquina de enfrente, estaba la barbería, donde por una peseta, te hacían un "pelao" al rape con francheta. El barbero era el practicante oficial sanitario, igual te ponía una inyección, que te hacía una sangría, o te endosaba unas "sangoneras" (sanguijuelas), y también decían que había sacado más de una muela».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«Era costumbre, vender la leche a domicilio, una guapa, limpia y bien dispuesta muchacha, distribuía la leche con su cántara apoyada en su cadera y sus cacillos de medidas.
También pasaban los cabreros, que te servían la leche calentita, recién ordeñada, y se anunciaban tocando un cencerro».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«Pepe, el barbero, propone un acertijo:
—A ver si sabéis por qué han propuesto al Caudillo para el Premio Nobel de Física.
Se detiene con la navaja barbera en alto mientras espera la respuesta que nadie sabrá darle.
—¡Anda, dilo ya, que se me seca el jabón! —le urge Leyva a medio afeitar.
—Pues porque ha conseguido demostrar la inmovilidad del Movimiento —informa el barbero.
No le falta razón al que ideó el chiste. Las Cortes, en sesión plenaria, han aprobado por aclamación los Principios Fundamentales del Movimiento. En lo sucesivo, todo cargo público deberá jurar lealtad a estos principios».
De la alpargata al Seiscientos
Juan Eslava Galán
«—¿Te interesa ganarte mañana un jornal?
—¿Qué hay que hacer?
—De limpiabotas en una boda. Gratis, ¿eh?, para los invitados que te soliciten un cepillado.
—¿Y me pagas el jornal?
—No, hombre, te quedas con las propinas y vas que chutas. Es una boda de tronío, con gente de posibles, rumbosa. Te vas a sacar más del jornal.
—Venga, ¿dónde es la boda?».
De la alpargata al Seiscientos
Juan Eslava Galán
«—Así no se hace nadie rico —le protesta al carbonero—: me dan una perra gorda por subir un saco de treinta kilos a un quinto sin ascensor.
—Y qué quieres, Piojo. Si no te interesa, date puerta, que lo que sobra es gente buscando trabajo.
—Bueno, si yo no digo nada.
—Yo te daría algo —confiesa el carbonero—, pero es que para el poco tiempo que le queda a esto del petróleo…
—¿Y eso —inquiere el Piojo—, es que traspasas el negocio?
—No lo traspaso: me lo traspasan —el carbonero se detiene en seco, carraspea, insaliva y lanza con notable tino un gargajo que va a impactar en el ojo de un perro callejero. El animal menea el rabo, agradecido».
De la alpargata al Seiscientos
Juan Eslava Galán