«Franco y yo llegamos a Valencia el mismo día: él venía a visitar el acorazado Coral Sea, de la VI Flota, fondeado en aguas de la Malvarrosa».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Franco y yo llegamos a Valencia el mismo día: él venía a visitar el acorazado Coral Sea, de la VI Flota, fondeado en aguas de la Malvarrosa».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Nos habíamos sentado en una piedra de la escollera. Era domingo y las barcas se habían quedado amarradas en el puerto. Todo estaba en calma. En el cielo, las nubes se iban volviendo rosa y lila. Fue un momento feliz, que alivió la tensión del día, porque ya aquella primera vez, Gloria, tu otra tía, lo estropeó todo».
La buena letra
Rafael Chirbes
«En el momento de tocar tierra en la escala real se soltaron veinte mil palomas que sobrevolaron la muchedumbre que ocupaba la explanada del puerto. Ni él mismo, que era tan pagado, todo hay que decirlo, lo hubiera podido soñar. Si llega a imaginarlo hubiera salido del féretro para verlo».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Me acuerdo mucho de Blasco Ibáñez. Yo estaba en el puerto de Valencia cuando, en plena República, trajeron desde Menton su cadáver. Era un buen amigo, la verdad. Más de cinco años hacía que había muerto. Estoy viendo el acorazado Jaime I, buque insignia de la armada española, adornado con gallardetes y banderas, al que daban guardia de honor otros buques de la marina española y francesa».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Entre las canciones de Conchita Piquer que sonaban en las tabernas de los puertos, los marines de la VI Flota, recién apeados del navío, regalaban chicles a los niños españoles para que aprendieran a rumiar como las vacas de Oklahoma y luego invadían los barrios chinos donde hacían correr el dólar por sus tugurios color de rosa, y nuestras prostitutas autóctonas tuvieron que chapurrear el inglés con objeto de cerrar el trato. El precio de la carne femenina subió varios enteros y la blenorragia ibérica, transportada por aquellos defensores de Occidente, cogió un aire internacional».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Y estando sentados frente al puerto, (…) empezamos a charlar de los viejos tiempos, y de cuando yo era un crío que curioseaba entre los barcos amarrados y los tinglados y grúas de los muelles. Y salieron personajes de entonces, resaca de la vida que cualquier puerto hacía numerosa en aquellos tiempos. Tipos pintorescos, graciosos, singulares, que permanecen anclados en mi infancia. Unos porque los conocí, y otros porque oí hablar de ellos. Muchos eran infelices, pobre gente objeto de las burlas de las tertulias y los bares del puerto y la calle Mayor. Se llamaban Popeye, Antoñico, el Curiana, o aquellos legendarios Pichi, el Negro del Muelle, el Jaqueta —que toreaba a los automóviles con periódicos y saludaba luego a un tendido imaginario—, y don Ginés, que durante la guerra mundial se había creído Hitler, y pasó el resto de su vida escuchando a los guasones locales preguntarle, muy serios, qué tal iban las cosas por el Tercer Reich. También estaba aquel cochero de la funeraria al que los chiquillos le decían, en choteo: «¿Nos das una vuelta?», y él contestaba: “Cuando se muera tu madre la voy a llevar por todos los baches”».
El Gramola
Con ánimo de ofender
Arturo Pérez Reverte
«El todoterreno comenzó a bascular al entrar en el poblado, dejando a su paso una estela de polvo arcilloso. Aparcó junto a otros dos vehículos idénticos y un Renault 8 negro que Eugenio dedujo que sería del juez, frente a la barraca que había conocido la tarde anterior.
Caminaron hacia el cuerpo que yacía, tapado por una sábana, a escasos metros de la orilla. La barca había sido encallada en la arena y, escorada a un lado, parecía apesadumbrada, dolida por la muerte de su patrón. Todo, de hecho, tenía un aspecto de luto por la desaparición del viejo pescador. El cielo, plomizo, se reflejaba en un mar que se agitaba nervioso, creando olas angulosas y reflejos nacarinos en toda su superficie. El blanco encalado de la barraca ya no fulguraba con el sol del Mediterráneo, parecía apagado, contagiado por esa atmósfera pesada. Algunos vecinos se arremolinaban tras los coches, entre curiosos y abatidos, con los gestos duros, tostados por el sol y por una vida de sacrificios».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«—Bueno, ¿qué más sabemos?
Los guardias se miraron discretamente. Eugenio era consciente de que, tras varios minutos de viaje, el Santana debería ya apestar a licor. El sargento Aldecoa fue el que se volvió.
—El señor ha amanecido con la cabeza abierta en su barca. Era conocido en el Grao, un pescador de toda la vida.
—Se conoce que le daba a la botella de lo lindo —completó Medina—. Lo lógico es que se hubiera desnucado borracho. Ya sabe que la explicación más sencilla suele ser la correcta. Al menos, así ha sido hasta ahora en este pueblo.
—¿Quién era?
—Eeeeh —Aldecoa abrió la carpeta—, Antonio Benavent Gómez, nacido el 20 de diciembre de 1898 en Benissa de la Safor, provincia de Valencia; hijo de Salustiano…
—El tío Tonet, vaya —interrumpió su teniente, mientras se helaba el sudor de Eugenio».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«—Sí, ¿sabes por qué? —continuó Ana, divertida—. Porque tienen un ingrediente muy especial… Perdigones.
—¿Perdigones? —preguntó Eugenio, algo confundido, mientras Tonet seguía mirando al piso con su sonrisa velada.
—Sí, el conejo viene con perdigones. —Y Ana señaló con los ojos la escopeta que colgaba sobre el dintel de la puerta, en la que Eugenio no había reparado—. El tío Tonet no solo pesca.
—¡Anda! Oiga, ¿y los conejos son como los peces, solo se dejan coger los tontos?
—No —respondió el pescador, ya con una seriedad inquietante, clavándole esos ojos de tizne—. Nadie corre más que el plomo…».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«La visita de la pareja le sorprendió atendiendo a su barca, en la que la pintura verde y azul se desconchaba a un ritmo de milenios, y lo único que parecía soportar los bríos del océano era la matrícula, escrita a trazos de brea. Ejecutaba sus labores con un sombrero de paja de anchas alas, un pantalón azul de obrero, camiseta de tirantes tan vieja como su oficio y unas botas altas de goma.
—Tio Tonet! Piquen els peixos?
—Només piquen els panolis —contestó el pescador continuando con sus tareas, sin apenas inmutarse por la conversación».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«Rosa irrumpió providencialmente con un plato de moluscos de concha negra en el momento en el que Eugenio iba a reñirme por mis nuevos escarceos con el marxismo-leninismo.
—Mira, Eugenio, esto son clóchinas.
—¿Esto? Esto son mejillones, joder.
—Ay, pero qué bruto eres. ¿No ves que son más pequeñitas? Las clóchinas solo las hay aquí, pruébalas y ya verás cómo hay diferencia.
Rosa le conminaba a probar el marisco autóctono mientras yo observaba divertido. Eugenio probó una de ellas y cuando levantó los ojos se encontró que todo el bar esperaba ansioso su veredicto.
—Realmente exquisito, señores.
Los parroquianos respiraron aliviados, como si cada uno de ellos hubiera guisado las dichosas clóchinas, e hincharon el pecho, orgullosos de su gastronomía local. Aunque lo cierto es que nunca llegué a saber si Eugenio realmente encontró alguna diferencia con los mejillones».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«Justo en el instante en el que Vicente Puig supo que iba a morir, el coche de línea de La Requenense llegaba a la estación procedente de Valencia. Recuerdo que aquella mañana compré lenguado a ochenta pesetas el kilo y lo serví en el menú del día. Desde la lonja veía amanecer cada día, y ese martes de primavera nació brumoso como en las últimas dos semanas. Con aquella calima rojiza tan característica de ese pueblo, que envolvía todo con una atmósfera alienígena. Pero en el preciso momento en que Vicente Puig supo que iba a morir, el sol se abrió paso a codazos entre las pastosas nubes para iluminarle, como si la fatal conclusión a la que había llegado fuese fruto de una revelación divina».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«Me cogió la barbilla entre los dedos pulgar e índice de su mano, y me obligó a levantar la cabeza, aunque yo no quería, porque tenía miedo de que, si me hacía mirarlo a la cara, fuera a echarme a llorar. «¿Qué pasa, que aquí en Valencia ya no conoces a los del pueblo?», me dijo, pero no estaba de mal humor, porque lo dijo riéndose. "Anda, dame un beso. Pues bien que te gusta venir conmigo a pescar"».
El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
«El tío Juan –hermano de la tía Julia, del tío Pablo y de mi padre– y la tía Luisa, que era su mujer, ya tenían el coche por entonces, y recuerdo que llegaron a la fiesta diciendo que se habían acercado hasta la Malvarrosa para contemplar la playa nevada y ver las olas moviéndose por encima de la nieve, y que aquello había resultado ser el espectáculo más hermoso que jamás habían visto. Sentí una envidia infinita de ellos».
El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
«Mientras, los maridos e hijos se iban a pescar, provistos de gamba fresca que habían comprado, todavía de madrugada, en los soportales del Puerto o, más tarde, en cualquiera de los establecimientos dedicados a la venta de artículos para tal arte. Solían ir a "la revolta", a "la xitá", a la base de " hidros", "al paretó" o "al asilo", dependiendo del viento, o de donde se decía que se mataba más pescado».
Al Amparo del Salvador
Pep Martorell
«Tiempos difíciles que propiciaron el trapicheo de la época trayendo desde las costas de Marruecos, Ceuta ó Melilla cualquier producto que fuese vendible en la capital como los licores o el tabaco que se prodigó como mercancía de venta y contrabando casi obligada en época de penurias.
El tabaco, traído desde las costas de Marruecos, lo sacaban los pescadores del puerto entre sus enseres personales y, por la gran tolerancia que por la época existía en los accesos a la plataforma portuaria, se ganó la popular aceptación como moneda de cambio en muchas de las necesidades que los propios pescadores tenían y que faltos de dinero especulaban con el tabaco. De esta tradicional forma de intercambio surgieron clanes con denominación propia tan arraigadas en las familias cabañaleras como “La purera”, “ El petaca” y otras que con los productos de lo que las embarcaciones traían de Marruecos hacían su negocio y contribuían en esta época a la mejora de las rentas de muchas familias sin llegar a los extremos de considerarlo como un contrabando en toda regla».
Tiempos difíciles
Eduardo Andrés Conejero
«Los barcos de mayor tonelaje eran los que partían desde puerto para faenar durante dos o tres semanas en las costas de Marruecos o Melilla. Terminadas las dos o tres semanas de pesca se retornaba a puerto con las bodegas llenas de pescado que se llevaba a la Lonja del pescado donde se subastaba siendo el Patrón Mayor de la Cofradía, el señor Ramón, alias “ El Pato”, el que cantaba la subasta y donde alrededor de los pescadores y tal como se viene haciendo en muchas subastas hoy en día, se venden los “saquitos “ de la tripulación, pescado recién pescado de los barcos que faenan el día a día, y que lo compran los visitantes, o que de igual manera también era una verdadera atracción turística ver la arribada de las embarcaciones y las ventas de los “saquitos” a la llegada de las embarcaciones a puerto».
Tiempos difíciles
Eduardo Andrés Conejero
«Cada vez los bombardeos eran más terribles, pues los aviones eran más modernos y de más envergadura, y también más numerosos; primero los "Saboia 81" italianos, más tarde los "Junkers" alemanes.
Cerca del cementerio montaron una batería antiaérea con sus proyectores. Cuando las piezas artilleras hacían fuego, sonaban de una forma acampanada o a mí me lo parecía. En los terrados de las casas más altas y más modernas, instalaron ametralladoras trazadoras, y comenzaron a construir refugios antiaéreos. Uno precisamente en una esquina del "campot", pegado al convento. No era un trabajo fácil, pues a escasos dos metros de profundidad, el agua brotaba a borbollones y las bombas trabajan día y noche. Si tenemos en cuenta que en aquel tiempo todo se hacía a pico y pala, trabajar en la extracción del barro en capazos de esparto, era muy penoso. El personal acababa reventado. Se trabajaba día y noche, era apremiante el acabarlos, pues se multiplicaban los "raids" aéreos y la guerra se estaba prolongando».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández