«Después de comer me quedé dormida en la arena junto a la media sandía sobrante, y dentro del sueño la música de un acordeón me llegaba desde los merenderos y oía las risas de mis hermanas, que resonaban en el sueño como dentro de una cámara neumática, y allí oía también el llanto desgarrado de un niño. Nunca he querido saber por qué el llanto de aquel niño a lo largo de mi vida se ha fundido con el de mi hijo cuando me lo arrancaron de los brazos para llevárselo a España. La voz de mi madre que me decía «Despierta, Conchín, que vamos a perder el tren. Tenemos que volver a casa» era la misma voz que me decía que volviera a España cuando estaba en Nueva York. Mi cabeza está llena de niños llorando. He cantado para olvidar sus gritos».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent



