«El legionario nunca se equivocaba en esas predicciones. Suspiró hondo mientras remontaba la AP 7 en dirección hacia Barcelona. Uf, había salvado la situación».
La gallera
Ramón Palomar
«El legionario nunca se equivocaba en esas predicciones. Suspiró hondo mientras remontaba la AP 7 en dirección hacia Barcelona. Uf, había salvado la situación».
La gallera
Ramón Palomar
«El patriarca también les bautizaba.
Dedicaba todo su esmero y gracejo a esa tarea. Prerrogativas del mando. Rambo, Kempes, James Bond, Chuck Norris, Van Damme, Bruce Lee, Cassius Clay, Perico Fernández y Toro Salvaje eran algunos de esos nombres.
El patriarca controlaba la pureza de la raza de sus gallos. James Bond resultó un gallo perdedor y el patriarca decidió que no había acertado con el nombre. Qué se podía esperar de un tipo que vestía esmoquin con pajarita y que bebía Martini mezclado con mierda líquida desconocida… James Bond acabó cuarteado en la paella dominical».
La gallera
Ramón Palomar
«Y cómo entrenaban a los gallos… Con qué devoción y mimo y cariño y sensibilidad y ternura…
No les falta de nada, a los gallos de su propiedad. Durante los meses de buen tiempo les instalaban en la azotea y el cocoricó mañanero se propagaba por el aire hasta flotar sobre las aguas de la Albufera».
La gallera
Ramón Palomar
«A todos los efectos administrativos, Mislata era un pueblo con identidad propia, pero la gran urbe, Valencia, lo había absorbido con voracidad de pez espada y por eso la gente hablaba de él como si fuese un barrio periférico. Y allí, concretamente en el número nueve de la calle Dos de Mayo, se ubicaba el cuartel general del Chino, donde tiempo ha vapulearon a los chicos del Rubio con ese Gusano que se libró de la somanta esprintando como un velocista olímpico».
La gallera
Ramón Palomar
«Sus confites le indicaban la dirección donde mercadeaban con los alijos habituales de coca, jaco y costo. Tacita a tacita. Papelina a papelina. Gramo a gramo. Él vigilaba. Anotaba las rutinas mentalmente. Destripaba el carácter de los compradores. Taladraba sus personalidades. Ése era valiente; ése, cobarde; ése, prudente; ése, descerebrado; ése, maricón; ese otro, mentiroso compulsivo. Y acertaba siempre. Pleno al quince. Observaba el tránsito. Carrusel de yupis amantes del polvo blanco, escoria humana buscando otro chute, porreros de hueso laxo comprando sus ensoñaciones rastafaris de contrabando moruno».
La gallera
Ramón Palomar
«Ese miércoles estaba a punto. Había escogido el momento tras estudiar a conciencia el trayecto. Justo en el cruce de la avenida del Cid que desembocaba en la calle del Dos de Mayo había un semáforo. Pasadas las 21.30, rara vez un peatón deambulaba por allí.
La calle era estrecha, poco transitada. Predominaba en las edificaciones el modelo de un bajo y una vivienda en la planta superior. Arquitectura sublime de horror periférico que confunde la miseria con el minimalismo. A esas horas los pocos vecinos que allí moraban cenaban con el hocico frente al televisor de anestesia reparadora. Si tenía suerte y el semáforo emitía su destello rojo, Gus le embestiría por detrás. Si estaba en verde también aceleraría para embestirle; sería un inconveniente, pero lo haría».
La gallera
Ramón Palomar
«Gus permanecía en silencio, pálido, con la mente a muchos kilómetros de distancia.
Pensó en la monja que le atendió en el hospital, en su padre cuando desaparecía en el gallinero de la casucha de su pueblo, en José María Verduch y su peep show y en aquella chica, ¿cómo se llamaba?, que le inició en las artes amatorias. Pensó y repensó en su desgraciada existencia. ¿Qué habría sido de él si hubiese tomado otro camino? El cañón del arma de Esquemas presionó su mejilla izquierda.
El metal frío le revolvió las entrañas».
La gallera
Ramón Palomar
«En la otra bocacalle rugía la chatarra rodante de la siempre congestionada avenida del Cid. No más de tres minutos había durado la requisa. Circuló sin prisa. Al llegar junto a la altura del bajo del Chino todo rezumaba calma.
Pasó de largo sin acelerar».
La gallera
Ramón Palomar
«La culigorda meretriz Agatha abrió furtiva y ladina la puerta de su casa. Vivía en el barrio de Nazaret y su edificio oscuro, verdadera escombrera de sarro, lindaba con un cuartel abandonado de la Guardia Civil, ahora reciclado en paraíso de esporádicos yonkarras.
Ni la furcia ni el pasma escucharon ruidos más allá de un tamizado, repetitivo ronquido. Eran las seis de la mañana y Gusano dormía en su habitación. La culigorda señaló con un dedo acusica la puerta que separaba el madero de su presa. De un gesto, éste la mandó refugiarse en el ingrato salón que se adivinaba al fondo».
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Ramón Palomar
«Su escudería residía en el edificio familiar de Catarroja, un pueblo del cinturón de Valencia con un pequeño puerto en la laguna de la Albufera. "Edificio" era una manera cualquiera de denominar dos plantas de ladrillos sin lucir en las afueras. Allí habían organizado su granja, su industria. Sin reparos.
Todo por los gallos.
Todo por la pasta.
Viva el noble deporte de la lucha de gallos».
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Ramón Palomar
«Recién aterrizado en Valencia, convocó a Gusano. Le destrozó la mente y le hundió la moral delante de Basilio Galipienso. Gusano se marchó luciendo semblante de plañidera.
—Basilio, ¿cómo lo ves? —preguntó el Rubio.
—No lo veo. Es leal y fiel, pero no tiene cabeza, Rubio. Se ahoga en un vaso de agua. Y, además, no aprecia a los gallos. Les mira mal. Me he fijado. Un tío que no percibe la belleza de los gallos no tiene nuestra sensibilidad. No se fija en las cosas buenas de la vida».
La gallera
Ramón Palomar
«Fue un descubrimiento tardío pero le deslumbró.
El cine, la oscuridad de la sala, el sonido fluyendo alto y claro desde los altavoces y esos semblantes perfectos de actores carismáticos en inmensos primeros planos engancharon a Basilio Galipienso.
Mantenía su vicio cinéfilo en secreto, pues temía las burlas de los otros. Pero se acogió a una rutina sagrada y los viernes por la tarde acudía a un cine de reestreno para sumergirse en la penumbra, armado por un refresco y una ración de palomitas, durante más de cinco horas».
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Ramón Palomar
«Trabajaba de encargado de la sección de pescadería en Mercavalencia. Una bicoca de puesto que le había proporcionado un tío suyo capitoste del tinglado. Ganaba con ese curro legal trescientas mil pelas al mes, más otras cien mil con los chanchullos del género robado y revendido bajo cuerda, algo habitual en los tejemanejes internos de los mercados que abastecían las grandes ciudades».
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Ramón Palomar
«La Gallera "El Rey" registraba un llenazo histórico. Habían añadido gradas suplementarias y otra nueva barra. El Rubio se acercó en pos de una cerveza cuando vio a la camarera morenaza».
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Ramón Palomar
«Gus permanecía en silencio, pálido, con la mente a muchos kilómetros de distancia.
Pensó en la monja que le atendió en el hospital, en su padre cuando desaparecía en el gallinero de la casucha de su pueblo, en José María Verduch y su peep show y en aquella chica, ¿cómo se llamaba?, que le inició en las artes amatorias. Pensó y repensó en su desgraciada existencia. ¿Qué habría sido de él si hubiese tomado otro camino? El cañón del arma de Esquemas presionó su mejilla izquierda.
El metal frío le revolvió las entrañas».
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Ramón Palomar
«La culigorda meretriz Agatha abrió furtiva y ladina la puerta de su casa. Vivía en el barrio de Nazaret y su edificio oscuro, verdadera escombrera de sarro, lindaba con un cuartel abandonado de la Guardia Civil, ahora reciclado en paraíso de esporádicos yonkarras.
Ni la furcia ni el pasma escucharon ruidos más allá de un tamizado, repetitivo ronquido. Eran las seis de la mañana y Gusano dormía en su habitación. La culigorda señaló con un dedo acusica la puerta que separaba el madero de su presa. De un gesto, éste la mandó refugiarse en el ingrato salón que se adivinaba al fondo».
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Ramón Palomar
«En la otra bocacalle rugía la chatarra rodante de la siempre congestionada avenida del Cid. No más de tres minutos había durado la requisa. Circuló sin prisa. Al llegar junto a la altura del bajo del Chino todo rezumaba calma.
Pasó de largo sin acelerar».
La gallera
Ramón Palomar
«Ese miércoles estaba a punto. Había escogido el momento tras estudiar a conciencia el trayecto. Justo en el cruce de la avenida del Cid que desembocaba en la calle del Dos de Mayo había un semáforo. Pasadas las 21.30, rara vez un peatón deambulaba por allí.
La calle era estrecha, poco transitada. Predominaba en las edificaciones el modelo de un bajo y una vivienda en la planta superior. Arquitectura sublime de horror periférico que confunde la miseria con el minimalismo. A esas horas los pocos vecinos que allí moraban cenaban con el hocico frente al televisor de anestesia reparadora. Si tenía suerte y el semáforo emitía su destello rojo, Gus le embestiría por detrás. Si estaba en verde también aceleraría para embestirle; sería un inconveniente, pero lo haría».
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Ramón Palomar
«A todos los efectos administrativos, Mislata era un pueblo con identidad propia, pero la gran urbe, Valencia, lo había absorbido con voracidad de pez espada y por eso la gente hablaba de él como si fuese un barrio periférico. Y allí, concretamente en el número nueve de la calle Dos de Mayo, se ubicaba el cuartel general del Chino, donde tiempo ha vapulearon a los chicos del Rubio con ese Gusano que se libró de la somanta esprintando como un velocista olímpico».
La gallera
Ramón Palomar