«A mí me parecía que aquella guerra de la que hablaban aún no había concluido del todo, especialmente cuando preparábamos las cestas en el pueblo y las llenábamos de verduras, y hasta escondíamos algún conejo y algún pollo que había que procurar que no descubrieran unos señores que asomaban la cabeza desde el interior de una caseta de madera a la puerta de la estación. Eran los empleados de consumos. Para mí, aquel sigilo con que pasábamos las provisiones, las conversaciones en las que se hablaba de necesidad y aquellos hombres a los que temíamos –«coge tú la cesta y pasa delante», me decía mi madre al bajar del tren– eran la prueba de que la guerra continuaba».
El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes






