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martes, 16 de enero de 2018

Se dirigió al antiguo espigón del puerto... y arrojó lo más lejos que pudo su hierro

«Pero un día un constructor se puso chulo. Por sus cojones que no pagaba porque a él no le chuleaba nadie, y menos un gitano trajeado con un mil rayas raído. El Marqués tomó nota. Le siguió, husmeó sus costumbres, descubrió que los viernes salía a cenar con su amante rubia oxigenada de uñas lacadas a la francesa en un local de esteticién de todo a cien euros y que luego se iban a un picadero para follar mientras hacían la digestión. El constructor chulo solía marcharse de su bombonera sobre las tres de la madrugada. 

Al Marqués no le importaba la hora. Desde las doce y media de la noche aguardaba con sus sobrinos sentados en los asientos traseros del BMW de color rojo roca. Aquella noche sus sobrinos volverían a casa hechos unos hombres. El constructor abrió el portal con un pitillo pegado a los labios y jugueteando con las llaves del coche. Mostraba aire de haber cumplido, o, en todo caso, de que su amante fondona de cardado de peluquería de todo a doscientos pavos hubiese colmado sus expectativas. El tipo no había dado ni dos pasos cuando el Marqués se le acercó silencioso por la espalda y le llamó, sin acentos gitanuzos, con un enérgico «¡Oye, payo!» que le obligó a girarse. Antes de poder sorprenderse ya había recibido dos balazos en la cabeza. 

A los hermanos les impresionó lo rápido que un hombre podía pasar de la placidez poscoital al otro barrio y casi sin enterarse. Alucinaron ante la calma desplegada por su tío. Los tenía de elefante. El Marqués montó de nuevo en el coche y arrancó, sin hilvanar palabra ni enhebrar explicación. Se dirigió al antiguo espigón del puerto. Las luces de las monstruosas grúas que descargaban contenedores de las panzas de los barcos irradiaban una belleza onírica y brumosa. Su tío bajó, se acercó al rompeolas y arrojó lo más lejos que pudo su hierro. Luego, de nuevo en el coche, dijo: 

—El arma siempre debe desaparecer. A algunos panolis avariciosos les gusta conservarla, y luego eso les cuesta la vida entera en el chabolo. Nunca guardéis un arma tras usarla. Nunca. —Fue la única explicación que les ofreció. 

Los periódicos dedicaron un breve al suceso. Aquel constructor, mira por dónde, escondía trapicheos variados. La prensa despachó el asunto tildándolo de «ajuste de cuentas». La pasma jamás encontró al culpable».

Sesenta kilos

Ramón Palomar


Construcción del espigón. Puerto de Valencia

http://pescarenvalencia.mforos.com/

miércoles, 23 de agosto de 2017

Este mar no está hecho sólo de agua

«Este mar viejo –para mí tan recién creado siempre-, mar de inocentes blancuras de barcas, tan de niños y cuentos […] este mar no está hecho sólo de agua, de rumbos de distancias náuticas, sino a la vez de pueblos, de paisajes, de gentes de la orilla. Mar humano […] La soledad mediterránea es la nuestra, la del hombre, relacionada con los barcos que se llegan frente a la costa y saludan su casa; faros nítidos como heredades que se internan a vigilar las aguas y proyectan sensación de familia. Gentes de todos los tiempos que han arado la besana azul; soledades llenas del pensamiento de nuestra vida».

Años y leguas

Gabriel Miró


Playa de Levante y el faro

https://www.ebay.fr/

domingo, 28 de agosto de 2016

El faro. Vídeo

«A aquel faro le gustaba su tarea, no sólo porque le
permitía ayudar, merced a su sencillo e imprescindible
foco, a veleros, yates y remolcadores hasta que se
perdían en algún recodo del horizonte, sino también
porque le dejaba entrever, con astuta intermitencia, a
ciertas parejitas que hacían y deshacían el amor en el
discreto refugio de algún auto estacionado más allá de
las rocas.


Aquel faro era incurablemente optimista y no estaba
dispuesto a cambiar por ningún otro su alegre oficio de
iluminador. Se imaginaba que la noche no podía ser
noche sin su luz, creía que ésta era la única estrella a
flor de tierra pero sobre todo a flor de agua, y hasta se
hacía la ilusión de que su clásica intermitencia era el
equivalente de una risa saludable y candorosa.

Así hasta que en una ocasión aciaga se quedó sin luz.
Vaya a saber por qué sinrazón mecánica el mecanismo
autónomo falló y la noche puso toda su oscuridad a
disposición del encrespado mar. Para peor de los males
se desató una tormenta con relámpagos, truenos y toda
la compañía. El faro no pudo conciliar el sueño. La
espesa oscuridad siempre le provocaba insomnio,
además de náuseas.

Sólo cuando al alba el otro faro, también llamado sol, fue
encendiendo de a poco la ribera y el oleaje, el faro del
cuento tuvo noción de la tragedia. Ahí nomás, a pocas
millas de su torre grisácea, se veía un velero
semihundido. Por supuesto pensó en la gente, en los
posibles náufragos, pero sobre todo pensó en el velero,
ya que siempre se había sentido más ligado a los barcos
que a los barqueros. Sintió que su reacio corazón se
estremecía y ya no pudo más. Cerró su ojo de modesto
cíclope y lloró dos o tres lágrimas de piedra.»

El faro

Mario Beneditti