«—En fin, Ferran, muchas gracias por su tiempo, creo que ya lo tengo todo.
—¿No quiere quedarse a comer? Hoy trajimos unas clòtxinas fresquísimas.
—No, pero se lo agradezco».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
«—En fin, Ferran, muchas gracias por su tiempo, creo que ya lo tengo todo.
—¿No quiere quedarse a comer? Hoy trajimos unas clòtxinas fresquísimas.
—No, pero se lo agradezco».
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Ignacio Marín
«No faltábamos ningún año a la ofrenda de flores a la Virgen de los Desamparados. Qué cosa más bonita. Pero, chico, cuando el Vicent se hizo alcalde lo tuvimos que dejar, una pena… A ver si mi Carles retoma la tradición».
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«Entre esas cavilaciones llegué a la plaza del ayuntamiento. Aparqué frente a la casa consistorial y, tras bajarme, me sacudió una sensación de pesadumbre, de impotencia. Me senté en uno de los muchos bancos de hierro que había en aquel lugar. Cubiertos de esa pintura plástica verde que se astillaba con solo pasar la mano. Estuve jugando con ella durante un rato, tratando de trazar, de imaginar, un plan plausible. Volví a mirar el cielo. Esta vez se había teñido de un morado apagado, soliviantado por lengüetazos plateados. Una bandada de ruidosas aves atravesó aquel lienzo trazando erráticas cabriolas».
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«Mis ojos, entonces, se posaron en el mar. La fulgurante plata de la Albufera que había dejado atrás se oxidaba ahora en la inmensidad del Mediterráneo. Me fijé en las playas parduzcas, trufadas por más caños y humildes barracas, moteadas por barcas y artes de pesca. Vida ante el precipicio del tiempo. Vida que se pudría ante la inexorable llegada del progreso, progreso disfrazado de especulación inmobiliaria, de turismo masivo, de la industrialización del ocio».
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«Me subí a mi Seat 850 color crema y puse rumbo a Benissa. En Sedaví, cogí la N-332, la misma en la que Eugenio se había destrozado el brazo, pero, esta vez, en dirección a Alicante. A la altura de la Albufera miré a la izquierda. El cielo gris, encapotado, se reflejaba en la laguna, dándole un aspecto espeso, como si estuviera cubierta de mercurio. Cañas y carrizos emergían de esa masa metálica, como si fueran apéndices y filamentos de un enorme y mágico animal prehistórico. Por la ventanilla semiabierta se colaban un sinfín de aromas que no acertaba a adivinar, brisas con diferentes temperaturas y humedades».
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«Eugenio chascó la lengua y miró por la ventana. Desde su habitación se podía ver el otro módulo del complejo hospitalario y el patio interior, sucio y repleto de extractores de aire. El cielo sobre la ciudad de Valencia era gris claro, como bañado en plata. Las vistas desde cualquier habitación de cualquier hospital solían ser igual de deprimentes. Mi amigo volvió a mirarme. Sus ojos transmitían resignación, pero también decisión».
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«—Hazme caso, todo cuadra. Piénsalo, es el que más tajada va a sacar con la recalificación del Grao y no tiene ninguna conexión con el ayuntamiento. Es una jugada perfecta.
—Sí, bueno, eso tiene sentido —dijo, mirando al techo—, pero va a ser difícil probarlo.
—No, Eugenio. Febrer contrató a los asesinos. Simplemente hay que encontrar la conexión entre ellos.
—Simplemente, dice. Son profesionales, Paco, no dejan rastro tan fácilmente. Esos tipos mataron a tu hermano. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, Eugenio, lo sé.
—¿Y el otro asesino? ¿Sabemos dónde está?
—Bah, ni idea. Ese cabrón debe de estar ya en Francia —dije resignado».
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«Eugenio abrió poco a poco los ojos. Lo observaba desde hace rato, con los brazos cruzados, sentado en una incómoda silla blanca de la habitación 303 del hospital de La Fe de Valencia. Su primer gesto fue una mueca de dolor. Levantó ligeramente su brazo izquierdo para mirar la herida cosida. Embadurnada de yodo y recorrida por puntos de sutura negros. Levantó una ceja al ver las dos barras de metal que, desde los laterales del brazo, lo atravesaban para soldar el radio. La otra mano se dirigió curiosa al resultado de la cirugía.
—No te lo toques —le ordené».
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«De repente, sus ojos se iluminaron por un fogonazo tras de mí. El rayo y el incremento del viento anunciaban la inminente tormenta.
—Será mejor que nos marchemos, amigo.
Anduvimos deprisa las escasas manzanas que nos separaban de nuestro bar. La tormenta no se hizo esperar demasiado. Gruesos goterones repicaban en los adoquines de las callejuelas del centro, mientras que Eugenio y yo tratábamos de caminar ligeros sin resbalar».
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«El mar, que había adquirido una tonalidad turquesa, se agitaba nervioso, digiriendo aún la muerte de su hijo con la que se había despertado aquella mañana. Ya en la costa, el aire se movía ligero y traía aromas de arena mojada. Encendí un cigarrillo y se lo tendí.
—¿Sabes qué fue lo último que dijo mi hermano antes de que lo mataran?».
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«El todoterreno comenzó a bascular al entrar en el poblado, dejando a su paso una estela de polvo arcilloso. Aparcó junto a otros dos vehículos idénticos y un Renault 8 negro que Eugenio dedujo que sería del juez, frente a la barraca que había conocido la tarde anterior.
Caminaron hacia el cuerpo que yacía, tapado por una sábana, a escasos metros de la orilla. La barca había sido encallada en la arena y, escorada a un lado, parecía apesadumbrada, dolida por la muerte de su patrón. Todo, de hecho, tenía un aspecto de luto por la desaparición del viejo pescador. El cielo, plomizo, se reflejaba en un mar que se agitaba nervioso, creando olas angulosas y reflejos nacarinos en toda su superficie. El blanco encalado de la barraca ya no fulguraba con el sol del Mediterráneo, parecía apagado, contagiado por esa atmósfera pesada. Algunos vecinos se arremolinaban tras los coches, entre curiosos y abatidos, con los gestos duros, tostados por el sol y por una vida de sacrificios».
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«—Bueno, ¿qué más sabemos?
Los guardias se miraron discretamente. Eugenio era consciente de que, tras varios minutos de viaje, el Santana debería ya apestar a licor. El sargento Aldecoa fue el que se volvió.
—El señor ha amanecido con la cabeza abierta en su barca. Era conocido en el Grao, un pescador de toda la vida.
—Se conoce que le daba a la botella de lo lindo —completó Medina—. Lo lógico es que se hubiera desnucado borracho. Ya sabe que la explicación más sencilla suele ser la correcta. Al menos, así ha sido hasta ahora en este pueblo.
—¿Quién era?
—Eeeeh —Aldecoa abrió la carpeta—, Antonio Benavent Gómez, nacido el 20 de diciembre de 1898 en Benissa de la Safor, provincia de Valencia; hijo de Salustiano…
—El tío Tonet, vaya —interrumpió su teniente, mientras se helaba el sudor de Eugenio».
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«—Inspector Martín, buenos días.
La cara amable del sargento Aldecoa, inclinada sobre la cama, le tranquilizó. Las palabras de su superior, el teniente Medina, no tanto.
—Inspector, lamentamos molestarte, pero han encontrado muerto a un hombre en el Grao. Pensábamos que le gustaría acompañarnos. Discúlpenos, si le viene mal, le hacíamos trabajando en el caso de Puig.
A pesar de que aún estaba borracho, Eugenio era lo suficientemente inteligente para no solo reconocer el sarcasmo, sino también para ser consciente de lo poco afortunada de su situación».
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«Todos ellos, además, estaban envueltos con un aura mística, heroica, de resistencia numantina. Pertenecían a una época que hacía mucho había naufragado, que había claudicado ante los envites del progreso, de la modernidad, y se pudrían al sol, como un buque encallado en la orilla, como una ballena varada en la playa. Lo demostraban en cada uno de sus gestos, de sus palabras, con un solo golpe de sus miradas. Con la extravagante historia de Neleta, con la actitud recia de Tonet. Sentía por ellos una difusa mezcla de lástima y respeto. Ese respeto que se procesa por aquellos obcecados en causas imposibles, empecinados en seguir sendas que desembocan en abismos».
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«—Sí, ¿sabes por qué? —continuó Ana, divertida—. Porque tienen un ingrediente muy especial… Perdigones.
—¿Perdigones? —preguntó Eugenio, algo confundido, mientras Tonet seguía mirando al piso con su sonrisa velada.
—Sí, el conejo viene con perdigones. —Y Ana señaló con los ojos la escopeta que colgaba sobre el dintel de la puerta, en la que Eugenio no había reparado—. El tío Tonet no solo pesca.
—¡Anda! Oiga, ¿y los conejos son como los peces, solo se dejan coger los tontos?
—No —respondió el pescador, ya con una seriedad inquietante, clavándole esos ojos de tizne—. Nadie corre más que el plomo…».
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«Ana advirtió que la conversación que mantenían dejaba a un lado a Eugenio.
—¿Sabías que aquí, el tío Tonet, hace las mejores paellas de la provincia?
—¿Ah, sí? —Eugenio miró al pescador, que sonrió con modestia y miró al suelo de losas de cerámica, algo abrumado».
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«El escaso espacio, todo diáfano, parecía bien distribuido y ordenado. En una esquina, junto a un pequeño ventanuco con cortinas, se ubicaba la cocina, única parte revestida de azulejos. En otra, se encontraba la chimenea y a su alrededor se había dispuesto una mesa camilla y varias sillas de esparto. Todo tipo de utensilios de cocina y artes de pesca cubrían las paredes. En el centro de la estancia se levantaba una gruesa y añeja viga de madera, que servía de sostén para la construcción. Y en la parte contraria a la cocina, una escalera llevaba a un discreto segundo piso, en el que se intuía, tras gruesas cortinas castellanas, el dormitorio».
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«El viejo pescador les invitó a pasar al interior de la barraca y les sirvió unos vasos de horchata sorprendentemente fría. Mientras Ana y Tonet hablaban en valenciano de asuntos que a Eugenio le resultaban bastante ajenos, recorrió la curiosa estancia con los ojos».
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«La visita de la pareja le sorprendió atendiendo a su barca, en la que la pintura verde y azul se desconchaba a un ritmo de milenios, y lo único que parecía soportar los bríos del océano era la matrícula, escrita a trazos de brea. Ejecutaba sus labores con un sombrero de paja de anchas alas, un pantalón azul de obrero, camiseta de tirantes tan vieja como su oficio y unas botas altas de goma.
—Tio Tonet! Piquen els peixos?
—Només piquen els panolis —contestó el pescador continuando con sus tareas, sin apenas inmutarse por la conversación».
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«Su dueño era Tonet, un pescador de jubilación eternamente prorrogada, surcado de arrugas y cicatrices, con una piel tan ajada por el sol y el salitre que más tenía que ver con el cuero. Nariz chata, ojos pequeños y achinados, y una barba incipiente, blanca y dura como el esparto, que no parecía ya poder dominar».
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