y la cometa en el viento
(su corazón) se cernía.
Ave, cometa, de un día
su corazón soñoliento.
Pues el corazón quería
huir pero no podía,
pero no sabía al viento».
El niño y la cometa
Dámaso Alonso
«La culigorda meretriz Agatha abrió furtiva y ladina la puerta de su casa. Vivía en el barrio de Nazaret y su edificio oscuro, verdadera escombrera de sarro, lindaba con un cuartel abandonado de la Guardia Civil, ahora reciclado en paraíso de esporádicos yonkarras.
Ni la furcia ni el pasma escucharon ruidos más allá de un tamizado, repetitivo ronquido. Eran las seis de la mañana y Gusano dormía en su habitación. La culigorda señaló con un dedo acusica la puerta que separaba el madero de su presa. De un gesto, éste la mandó refugiarse en el ingrato salón que se adivinaba al fondo».
La gallera
Ramón Palomar
«Aprovechaba entonces para contemplar, una vez más, la serena composición de su rostro. Sus ojos verdes, sus cejas pobladas, sus pómulos rollizos, sus labios generosos y rosados. Le generaba paz, como un atardecer lento y silencioso sobre aquel mar Mediterráneo. Como el sol que guiña a través de las hojas mecidas por la brisa mientras todos echan la siesta».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«- Com et deia, en aquella parròquia em vaig atipar de confessar iaies. En recorde una que no suportava al gendre i li cuinava unes paelles horroroses. Senyora, això no cal confessar-ho! I després estaven les sordes. Cridaven cosa de no dir i no sentien res. Quina mandanga de cristianisme feia?, em vaig preguntar. Era la dècada dels seixanta i en altres barris la gent s’ho passava malament. Llavors em vaig demanar Natzaret. Cap capellà hi volia anar. I vaig reivindicar, i reivindicar, escoles, centre de salut, aigua corrent, que asfaltaren carrers… però no en feien cas».
Individus com nosaltres
Ferran Torrent
«Pero los hombres dedicados a esta tarea eran tan bellos, sus sonrisas tan atractivas, que parecían distintos, poderosos y estoicos. Esta era su suerte, y no se quejaban. En tierra, algunos estaban desayunando y me invitaron a sentarme con ellos. Yo me daba cuenta de que iba a comer la ración de alguno, pero no pude resistirme a aquella primera comida en mi nuevo país, cuyo importe pagué a mi botero. Aún lo saboreo: anchoas, que siempre me han gustado mucho, pan duro, queso más duro aún y vino tinto. ¡Qué delicioso era, qué auténtica su calidad española!»
Iberia
James A. Michener
«La culigorda meretriz Agatha abrió furtiva y ladina la puerta de su casa. Vivía en el barrio de Nazaret y su edificio oscuro, verdadera escombrera de sarro, lindaba con un cuartel abandonado de la Guardia Civil, ahora reciclado en paraíso de esporádicos yonkarras.
Ni la furcia ni el pasma escucharon ruidos más allá de un tamizado, repetitivo ronquido. Eran las seis de la mañana y Gusano dormía en su habitación. La culigorda señaló con un dedo acusica la puerta que separaba el madero de su presa. De un gesto, éste la mandó refugiarse en el ingrato salón que se adivinaba al fondo».
La gallera
Ramón Palomar
«Yo le tenía miedo a la oscuridad,
hasta que las noches se hicieron largas y sin luz.
Yo no resistía el frío fácilmente,
hasta que aprendí a subsistir en ese estado.
Yo le tenía miedo a los muertos,
hasta que tuve que dormir en el cementerio.
Más aún, yo le tenía miedo al espanto,
hasta que tuve que dormir en el crematorio.
Yo sentía rechazo por los rosarinos y por los porteños,
hasta que me dieron abrigo y alimento.
Yo sentía rechazo por los judíos,
hasta que le dieron medicamentos a mis hijos.
Yo lucía vanidoso mi pullover nuevo,
hasta que se lo di a un niño con hipotermia.
Yo elegía cuidadosamente mi comida,
hasta que tuve hambre.
Yo desconfiaba de la tez cobriza,
hasta que un brazo fuerte me sacó del agua.
Yo creía haber visto muchas cosas,
hasta que vi a mi pueblo deambulando sin rumbo por las calles.
Yo no quería al perro de mi vecino,
hasta que aquella noche lo sentí llorar hasta ahogarse.
Yo no me acordaba de los ancianos,
hasta que tuve que participar en los rescates.
Yo no sabía cocinar,
hasta que tuve frente a mí una olla con arroz y niños con hambre.
Yo creía que mi casa era más importante que las otras,
hasta que todas quedaron cubiertas por las aguas.
Yo estaba orgulloso de mi nombre y apellido,
hasta que todos nos transformamos en seres anónimos.
Yo casi no escuchaba radio,
hasta que fue la que mantuvo viva mi energía.
Yo criticaba a los bulliciosos estudiantes,
hasta que de a cientos me tendieron sus manos solidarias.
Yo estaba bastante seguro de cómo serían mis próximos años,
pero ahora ya no tanto.
Yo vivía en una comunidad con una clase política,
pero ahora espero que se la haya llevado la corriente.
Yo no recordaba el nombre de todas las provincias,
pero ahora las tengo a todas en mi corazón.
Yo no tenía buena memoria,
tal vez por eso ahora no recuerde a todos,
pero tendré igual lo que me queda de vida para agradecer a todos.
Yo no te conocía,
ahora eres mi hermano.
Teníamos un río,
ahora somos parte de él.
Es la mañana.
Ya salió el sol y no hace tanto frío.
Gracias a Díos.
Vamos a empezar de nuevo».
Empezar de nuevo
Carlos Guillermo Garibay