y la cometa en el viento
(su corazón) se cernía.
Ave, cometa, de un día
su corazón soñoliento.
Pues el corazón quería
huir pero no podía,
pero no sabía al viento».
El niño y la cometa
Dámaso Alonso
«Por esos días aparecieron detrás de una tapia, cerca de la vía del tren de Barcelona, dentro de un saco, unas piernas cortadas con un serrucho a la altura de las rodillas. Nadie dudó de que eran unas piernas de mujer puesto que estaban depiladas y con las uñas de los pies recién pintadas. Poco tiempo después un perro solitario desenterró en un solar de la Malvarrosa unos brazos serrados por las axilas que todavía llevaban pulseras de bisutería en las muñecas y algunas sortijas en los dedos».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«En la partida que ara·s nomena Plaja de la Malvarrosa, per les plantacions d’esta odorífera planta, que féu un agricultor francés, tenien mos pares una alqueria y un hort, y allí solíem passar la temporada d’estiu. El molí y la ermiteta de Vera encara existixen; lo que no sé jo és si la memòria que guarde d’ells, poetisada per la imaginació y per lo transcurs del temps, serà prou exacta.
En la Plaja de la Malvarrosa té ara casa el afamat escriptor y home polítich Vicent Blasco Ibáñez. En ella passa llargues temporades y allí escriu ses noveles tan anomenades».
Teodor Llorente
«Unos criados transportaban una paella hacia la mansión de aquel señor gordo, que la esperaba en la puerta con los brazos abiertos. Cuántas veces se lo conté a Blasco Ibáñez. Algunos decían que era un escritor muy conocido que se había batido en duelo y se había salvado porque la bala le dio en la hebilla».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«A mi lado también se bañaban y hacían castillos en la arena unos gitanillos desnudos con el sol dentro de su cuerpo mojado. Sobre una manta extendida cerca de la orilla, mi madre abrió la sandía, que salió muy roja, y me felicitó y me dijo «hija, qué buena vista tienes», y nos pusimos a comer. Sentía los labios inflamados con un sabor salado, y los hombros y las piernas quemados. Recuerdo que de una casa de comidas, un emparrado con cañizos, llamada la Carmela».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«La única espina que no he logrado arrancar de mi corazón ha sido la de haber dejado que se llevaran de Nueva York a mi hijo con apenas unos meses. Todavía lo sueño envuelto en pañales en brazos de mi madre, como si me lo hubieran robado, alejándose en el barco, y yo llorando, porque no supe enfrentarme a la tentación de ser una gran estrella contra mi instinto maternal, que me impulsaba a echarme al agua a seguir la estela de aquel barco. Ahora mismo se me han saltado las lágrimas. No sé por qué esa imagen la llevo siempre asociada a la primera vez que mi madre me llevó con las hermanas a la playa de la Malvarrosa».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Sus confites le indicaban la dirección donde mercadeaban con los alijos habituales de coca, jaco y costo. Tacita a tacita. Papelina a papelina. Gramo a gramo. Él vigilaba. Anotaba las rutinas mentalmente. Destripaba el carácter de los compradores. Taladraba sus personalidades. Ése era valiente; ése, cobarde; ése, prudente; ése, descerebrado; ése, maricón; ese otro, mentiroso compulsivo. Y acertaba siempre. Pleno al quince. Observaba el tránsito. Carrusel de yupis amantes del polvo blanco, escoria humana buscando otro chute, porreros de hueso laxo comprando sus ensoñaciones rastafaris de contrabando moruno».
La gallera
Ramón Palomar
«Gus permanecía en silencio, pálido, con la mente a muchos kilómetros de distancia.
Pensó en la monja que le atendió en el hospital, en su padre cuando desaparecía en el gallinero de la casucha de su pueblo, en José María Verduch y su peep show y en aquella chica, ¿cómo se llamaba?, que le inició en las artes amatorias. Pensó y repensó en su desgraciada existencia. ¿Qué habría sido de él si hubiese tomado otro camino? El cañón del arma de Esquemas presionó su mejilla izquierda.
El metal frío le revolvió las entrañas».
La gallera
Ramón Palomar
«Recién aterrizado en Valencia, convocó a Gusano. Le destrozó la mente y le hundió la moral delante de Basilio Galipienso. Gusano se marchó luciendo semblante de plañidera.
—Basilio, ¿cómo lo ves? —preguntó el Rubio.
—No lo veo. Es leal y fiel, pero no tiene cabeza, Rubio. Se ahoga en un vaso de agua. Y, además, no aprecia a los gallos. Les mira mal. Me he fijado. Un tío que no percibe la belleza de los gallos no tiene nuestra sensibilidad. No se fija en las cosas buenas de la vida».
La gallera
Ramón Palomar
«Bajo el cañizo de Casa Carmela sirviéndose de una silla de enea como caballete Julieta comenzó a pintar unos azules muy suaves que al parecer extraía el fondo de la tarde. A su lado yo estudiaba el pensamiento de Juan Luis Vives y ambos tomábamos caracoles de mar y mejillones. La armonía vital predomina sobre toda clase de aristotelismo, había subrayado yo con lápiz rojo en aquellos apuntes. Julieta ahora mojaba el pincel en el color violeta para pintar la sombra que en la arena proyectaba una barca varada».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«No escaseaban los negocios dispuestos en los bajos de las viviendas. Desde tabernas y casas de comidas, hasta talleres, panaderías y pequeños colmados. Los nombres de las calles estaban garabateados a mano en muchas esquinas, lo que denotaba el abandono municipal por aquel pedazo del pueblo».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«Aprovechaba entonces para contemplar, una vez más, la serena composición de su rostro. Sus ojos verdes, sus cejas pobladas, sus pómulos rollizos, sus labios generosos y rosados. Le generaba paz, como un atardecer lento y silencioso sobre aquel mar Mediterráneo. Como el sol que guiña a través de las hojas mecidas por la brisa mientras todos echan la siesta».
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Ignacio Marín
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«Anduvo algunos metros hasta la pensión que le habíamos recomendado, situada en el segundo piso de uno de aquellos edificios ocres y polvorientos tan habituales en el centro. Subió las escaleras de terrazo haciendo crujir la arena, protagonista discreto de todas las escaleras, de todas las casas, de todas las calles de aquel lugar.
Empujó la puerta entreabierta y recibió una nueva bocanada de humedad, combinada esta vez con olores a lejía, suavizante y tubería. Una mujer de facciones amplias y poderosas salió a recibirle. Aunque aún era joven, el cabello castaño ya se veía atravesado por alguna cana. Su presencia era fuerte y orgullosa, como una tormenta al anochecer. Ana paladeaba cada palabra con un ligero acento del Levante».
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«En seguida oí las risas y la música que llegaban de la playa. Había una larga fachada de merenderos y casas de comidas con los nombres escritos en las paredes con grandes caracteres. La Pepica, Amparito, La Marcelina, L’Estimat, Casa Chimo. Las Carabelas, Juanet, La Perla, La Rosa, La Muñeca, La Paz, baños El Áncora».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Es molt nomenada ahon sevòl per lo sustanciosa y bòna, y dasta els qu’están fets als guisados, cujapandes y çafarranjos estrangers, menjen que se les pèlen quant els presenten davant una paella guisada á la valenciana, en totes les salses, guilindaynes, pelendengues y requisits, lo mateix que s’atraquen qu’es un gust del such de parres que conté la bota, companyera inseparable d’eixes eixides al camp. Per lo regular l’arregla y la guisa un práctich ó mestre en l’ofici culinari, y allí es de vore l’aseo y l’habilitat que te en prepararla y còurela al ayre lliure, traentla sempre que canta de bòna. Pero á nosatros m’ho se fan les dent llargues y m’ho se torna la boca aygua no més de nomenar estes còses, y no podém pasar avant referint les peripècies que ocurrixen mentrimentres buyden la paella y la bota; acabém, puix, estos retalls y tiremo tot á rodar soltant esta cansó:
"La paella valenciana
te molta fama en lo mon,
y els valencians ahon están
acrediten lo que son".
Es dir, que ningú els jafa la guitarra en ser valents, esplèndits, inteligents, artistes consumáts, divertits, caritatíus, pero fumáts com el que més, y capaços á lo millor de tráureli á ú els budells en una furgá y enviarlo á l’atre barri.»
Tipos, modismes y còses rares y curioses de la tèrra del gè (1908)
Joaquim Martí Gadea
«—Para empezar, está muy bien no saber el año en que has nacido. Solo falta que te anunciara la cola de un cometa, como a Cristo. ¿De modo que naciste en el barrio de Sagunto? Cuántas veces he pasado por ahí camino de la huerta de Alboraya cuando estaba escribiendo La barraca».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«—Recuerdo una casa grande con esculturas en la terraza o algo así, y a un señor al que le llevaban una paella desde un restaurante. La gente aplaudía. Algunos decían que aquel señor era un novelista muy famoso en el mundo.
—¡¡Ese era yo!! —exclamó Blasco muy eufórico.
—Sí, sí, mi familia estaba tendida en la arena y todavía siento el sol en la cara, el olor a alga, el sonido del oleaje y alguien que gritaba su nombre y apellidos de usted».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent