Duran les mans totes brutes de sang.
Bella és la vida».
«En la modesta despensa que teníamos empezaron a faltar la harina, el arroz, el aceite y el azúcar. Yo notaba las mermas en todo, pero prefería callarme, no decir nada, porque me imaginaba que ella les llevaba a sus familiares cuanto nos quitaba a nosotros. Por aquellos tiempos, comprendíamos esas cosas. En la capital era difícil conseguir casi nada, como no fuera a costa de mucho dinero. Y nadie teníamos dinero. Sin embargo, yo pensaba que lo normal hubiera sido decírnoslo tranquilamente en vez de tener que robarnos a escondidas. Me callaba, porque no quería que se enfrentasen tu padre y tu tío, a pesar de que sabía que ese enfrentamiento tenía que llegar».
La buena letra
Rafael Chirbes
«Se quedaron escondidos en el desván, hasta que a los pocos días anunciaron por el altavoz del Ayuntamiento que habían entrado los falangistas. "Ahora va a venir lo peor", dijo tu padre. Al cabo de una semana, tu padre y Paco se entregaron. Se quedaron un rato fumando y charlando en la acera, y luego Paco se marchó a su casa. A su mujer ya la había visto a escondidas porque yo fui a buscarla al día siguiente del que llegaron. Sin decirme nada, se habían puesto de acuerdo para entregarse juntos. Al cabo de un rato, volvió Paco, tu padre me besó, y dijo: "A mí no me va a pasar nada. Tú preocúpate de que no os pase nada a la niña y a ti". No quiso que lo acompañara: "Tú, quieta, en casa, con la niña"».
La buena letra
Rafael Chirbes
«Volvió una de aquellas noches, sucio y sin afeitar. Olía mal y estaba muy delgado, pero había vuelto. En vez de ser él quien llamó sigiloso a la ventana una madrugada, podía haber sido uno de aquellos correos que entregaban cartas oficiales anunciando la muerte de los soldados en el frente. Ese pensamiento me desgarró. Con él vino Paco, un vecino del que habrás oído hablar, pero que no conociste, porque murió cuando tú aún eras muy pequeño. Vivía en nuestra misma calle, pero no se atrevía a volver a casa. La guerra estaba a punto de terminar y su suegro, que era fascista, podía denunciarlo».
La buena letra
Rafael Chirbes
«Buscaba a tu hermana y la acercaba a mí. Cada vez que empezaban los bombardeos se estaban quietas las ratas que corrían en el cañizo. Desde que tu padre se había ido, el desván se había llenado de ratas. Yo tenía miedo de que bajasen y mordiesen a la niña. Tenía miedo también por mí, y vergüenza del miedo. Tu padre siempre se burló de ese miedo mío. En cierta ocasión, cuando tú apenas caminabas, te compró un ratoncito que llevaba un carrete y corría por debajo de las sillas cuando le soltabas el hilo. Tú venías a la cocina y echabas a correr el ratón y gritabas con tu media lengua «una data», «una data», y te reías muy excitado. A veces, cuando yo estaba cosiendo, me ponías la cabecita del ratón en la cara, y decías, «uuuhh», y a mí me daba asco, porque le veía las orejas de goma y esa piel que me recordaba la piel de rata de verdad».
La buena letra
Rafael Chirbes
«Me eché a llorar. "Pero mujer, si no está", decía tu abuela, mientras se secaba las lágrimas. Una vecina se acercó a preguntarnos si nos habían matado a alguien de la familia y tu abuela le explicó que no. Pero yo seguía llorando.
Rumores de fusilamientos que sólo a veces se confirmaban, pero que siempre hacían daño. Aparecieron cadáveres en el manantial, en el huerto de naranjos que tenía una balsa en la que tú siempre querías bañarte cuando eras pequeño y donde una vez casi te ahogas; en la playa, en los arrozales. Aprendimos la suciedad del miedo».
La buena letra
Rafael Chirbes
«Conchita Piquer se enteró de que el 30 de marzo de 1939 las tropas nacionales habían entrado en Valencia y que se había sacado la imagen de la Virgen de los Desamparados del Ayuntamiento, donde había estado guardada para que las hordas no la destruyeran, y que se había celebrado en la plaza principal una misa de acción de gracias por la victoria, con todo el público arrodillado a los pies de la patrona de la ciudad».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Era un artista muy popular y el correspondiente comité aceptó la idea. Miguel de Molina hizo centenares de funciones benéficas entre bombas y metrallas. Se convirtió en un ídolo del ejército republicano. Así fue como las canciones «Ojos verdes» y «La bien pagá» comenzaron a sonar a lo largo de todas las trincheras republicanas».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«En las corridas que se celebraban en Valencia los toros llevaban escrito con cal en el costillar el visto bueno de control del comité de UGT y de CNT, las dos organizaciones sindicales de la época. Los toreros salían a la plaza puño en alto, como en Sevilla lo hacían saludando al estilo romano. Miguel estaba en su salsa hasta que un día lo llamaron a filas para enviarlo al frente. Mientras le tomaban la talla, el cantaor buscaba la forma de escabullirse haciéndose el gracioso.
—Oiga, mi capitán, que yo soy corto de vista.
—¿Y qué?
—Y tengo muy mala puntería. Y además, estoy cagadita de miedo.
—No importa, Miguela. Tú échate al suelo, mira hacia delante, cierra un ojo, aprieta el gatillo y con eso basta.
—En lugar de pegar tiros para matar fascistas, ¿por qué no me dejan montar una pequeña compañía de varietés? Podría dar espectáculos en el frente para animar a las tropas y recaudar de paso dinero para la República.
—Siendo como eres de cobarde y de gracioso, y con todo lo demás que arrastras, lo tuyo no está mal pensado. Lo voy a consultar con el mando.
Era un artista muy popular y el correspondiente comité aceptó la idea».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«A mucha de aquella gente ya no la vi nunca. A otra, volví a verla apenas media docena de veces. A la ciudad, regresé durante algunos días un par de veranos, pero cuando ya habían pasado bastantes años. Me pareció vieja y destartalada y creí que nunca la echaría de menos. Recuerdo el olor a albañal en las noches calurosas y, flotando en el aire, ese vaho de verduras podridas en maceración; recuerdo igualmente las casas en ruinas, las tapias amarillentas llenas de carteles que alguien se encargaba de pegar encima de otros carteles, y también aquellas misteriosas edificaciones sobre cuyas cegadas puertas aparecía escrita la palabra REFUGIO, y en cuyo interior habían tenido que meterse a dormir muchas noches las hermanas de mi abuela, porque –eso decían ellas a media voz– habían tenido la desgracia de pasarse la guerra en la capital, donde «no era como en vuestro pueblo, porque aquí no había nada para comer» (eso decían)».
El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
«Cada vez los bombardeos eran más terribles, pues los aviones eran más modernos y de más envergadura, y también más numerosos; primero los "Saboia 81" italianos, más tarde los "Junkers" alemanes.
Cerca del cementerio montaron una batería antiaérea con sus proyectores. Cuando las piezas artilleras hacían fuego, sonaban de una forma acampanada o a mí me lo parecía. En los terrados de las casas más altas y más modernas, instalaron ametralladoras trazadoras, y comenzaron a construir refugios antiaéreos. Uno precisamente en una esquina del "campot", pegado al convento. No era un trabajo fácil, pues a escasos dos metros de profundidad, el agua brotaba a borbollones y las bombas trabajan día y noche. Si tenemos en cuenta que en aquel tiempo todo se hacía a pico y pala, trabajar en la extracción del barro en capazos de esparto, era muy penoso. El personal acababa reventado. Se trabajaba día y noche, era apremiante el acabarlos, pues se multiplicaban los "raids" aéreos y la guerra se estaba prolongando».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«Una mañana, en una de tantas alarmas, notamos algo diferente; el peligro no venía del mar, sino del aire. Llegué a visionar a un par de aviones, eran biplanos, creo que "fiatchetti", no eran muchos, pero su ronroneo, las explosiones y la novedad, producían el pánico entre la población civil.
Grandes columnas de humo se elevaban al espacio en la zona del Grao. La curiosidad me hacía correr hacia el lugar conde cayeron las bombas, el espectáculo era dantesco, montones de escombros impedían el paso por las estrechas calles del barrio portuario, los edificios derrumbados mostraban las interioridades de las viviendas, con el roto mobiliario a la vista. Bomberos y voluntarios afanándose en descubrir muertos y heridos».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«El hambre cada vez acuciaba más, recuerdo muchas colas en tiendas y mercados, pues escaseaba todo y abundaban los acaparadores y estraperlistas, a pesar de que por todas partes habían pasquines amenazando con fusilar a los emboscados explotadores del mercado negro.
Casi desapareció el dinero de la circulación, los ayuntamientos tuvieron que imprimir papel moneda. También se llegó a utilizar los sellos de correos nuevos y usados, incluso los sellos móviles».
Francisco Marcos Hernández
Vivencias de juventud
«Amaneció, era un domingo bonito y soleado, pero ese día no habían churros, periódico ni tebeos. Era el 18 de julio de 1936.
Desde el corral de mi casa se oía una fuerte algarabía que procedía de la calle, ruido de vehículos y algún "petardeo" que creí que era debido por ser un día festivo. Me lancé a la calle, no sin antes ser advertido por mi madre del posible peligro que representaba meterse en berenjenales.
Me quedé atónito ante lo que veían mis ojos, algo insólito que no llegaba a comprender. En la plaza de Los Ángeles, dos grandes hogueras consumían imágenes y mobiliario de la iglesia. Grupos de gentes, con gestos irreverentes y blasfemos, lanzaban toda clase de cuadros, obras de arte, casullas., bonetes y demás vestuario religioso, arrojándolo a la pira, mientras otro grupo subido al campanario, en una ardua labor, intentaban arrancar las campanas.
La otra hoguera, era la del convento. Se arrojaban por las ventanas toda clase de mobiliario religioso y escolar, los pupitres volaban hasta la calle, libros, cuadernos y uniformes de colegialas, todo a la hoguera. Desde una ventana del tercer piso, un malcarado miliciano arrojaba a la calle el botiquín del centro, con una risotada bárbara, y mostrando una caja de inyectables, con voz zafia gritó: ¡Indiciones pa no parir!, arrojándolas al vacío.
Es difícil expresar lo que siente un niño de diez años ante tanta barbarie y brutalidad. Todo el Cabañal rezumaba un fuerte olor a rancio, a barniz viejo quemado.
Mi padre sentenció: "Pobre República Española, ha caído en manos de energúmenos".»
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández