y la cometa en el viento
(su corazón) se cernía.
Ave, cometa, de un día
su corazón soñoliento.
Pues el corazón quería
huir pero no podía,
pero no sabía al viento».
El niño y la cometa
Dámaso Alonso
«En la partida que ara·s nomena Plaja de la Malvarrosa, per les plantacions d’esta odorífera planta, que féu un agricultor francés, tenien mos pares una alqueria y un hort, y allí solíem passar la temporada d’estiu. El molí y la ermiteta de Vera encara existixen; lo que no sé jo és si la memòria que guarde d’ells, poetisada per la imaginació y per lo transcurs del temps, serà prou exacta.
En la Plaja de la Malvarrosa té ara casa el afamat escriptor y home polítich Vicent Blasco Ibáñez. En ella passa llargues temporades y allí escriu ses noveles tan anomenades».
Teodor Llorente
«Por la tarde fuimos a dar un paseo por la playa y luego a un merendero. En una mesa cercana a la que nosotros ocupábamos, un hombre tocaba el acordeón y tu tío le pidió que lo acompañase y cantó para nosotros tangos y romanzas. Tenía muy buena voz y a todos nos emocionaron las letras de aquellas viejas canciones que hablaban de cosas lejanas y, sin embargo, parecían hablar de nuestras propias vidas, de las ilusiones, del sufrimiento y de la alegría que empezábamos a recuperar, aun a costa del olvido de quienes se habían ido para siempre. «De ahora en adelante ya no se irá nadie más. Estaremos aquí, juntos, toda la vida», me repetía yo, como si el fin de la guerra nos hubiera curado de la enfermedad, de la desgracia y de la muerte».
La buena letra
Rafael Chirbes
«Unos criados transportaban una paella hacia la mansión de aquel señor gordo, que la esperaba en la puerta con los brazos abiertos. Cuántas veces se lo conté a Blasco Ibáñez. Algunos decían que era un escritor muy conocido que se había batido en duelo y se había salvado porque la bala le dio en la hebilla».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«A mi lado también se bañaban y hacían castillos en la arena unos gitanillos desnudos con el sol dentro de su cuerpo mojado. Sobre una manta extendida cerca de la orilla, mi madre abrió la sandía, que salió muy roja, y me felicitó y me dijo «hija, qué buena vista tienes», y nos pusimos a comer. Sentía los labios inflamados con un sabor salado, y los hombros y las piernas quemados. Recuerdo que de una casa de comidas, un emparrado con cañizos, llamada la Carmela».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«La única espina que no he logrado arrancar de mi corazón ha sido la de haber dejado que se llevaran de Nueva York a mi hijo con apenas unos meses. Todavía lo sueño envuelto en pañales en brazos de mi madre, como si me lo hubieran robado, alejándose en el barco, y yo llorando, porque no supe enfrentarme a la tentación de ser una gran estrella contra mi instinto maternal, que me impulsaba a echarme al agua a seguir la estela de aquel barco. Ahora mismo se me han saltado las lágrimas. No sé por qué esa imagen la llevo siempre asociada a la primera vez que mi madre me llevó con las hermanas a la playa de la Malvarrosa».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Gus permanecía en silencio, pálido, con la mente a muchos kilómetros de distancia.
Pensó en la monja que le atendió en el hospital, en su padre cuando desaparecía en el gallinero de la casucha de su pueblo, en José María Verduch y su peep show y en aquella chica, ¿cómo se llamaba?, que le inició en las artes amatorias. Pensó y repensó en su desgraciada existencia. ¿Qué habría sido de él si hubiese tomado otro camino? El cañón del arma de Esquemas presionó su mejilla izquierda.
El metal frío le revolvió las entrañas».
La gallera
Ramón Palomar
«Recién aterrizado en Valencia, convocó a Gusano. Le destrozó la mente y le hundió la moral delante de Basilio Galipienso. Gusano se marchó luciendo semblante de plañidera.
—Basilio, ¿cómo lo ves? —preguntó el Rubio.
—No lo veo. Es leal y fiel, pero no tiene cabeza, Rubio. Se ahoga en un vaso de agua. Y, además, no aprecia a los gallos. Les mira mal. Me he fijado. Un tío que no percibe la belleza de los gallos no tiene nuestra sensibilidad. No se fija en las cosas buenas de la vida».
La gallera
Ramón Palomar
«Bajo el cañizo de Casa Carmela sirviéndose de una silla de enea como caballete Julieta comenzó a pintar unos azules muy suaves que al parecer extraía el fondo de la tarde. A su lado yo estudiaba el pensamiento de Juan Luis Vives y ambos tomábamos caracoles de mar y mejillones. La armonía vital predomina sobre toda clase de aristotelismo, había subrayado yo con lápiz rojo en aquellos apuntes. Julieta ahora mojaba el pincel en el color violeta para pintar la sombra que en la arena proyectaba una barca varada».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Aprovechaba entonces para contemplar, una vez más, la serena composición de su rostro. Sus ojos verdes, sus cejas pobladas, sus pómulos rollizos, sus labios generosos y rosados. Le generaba paz, como un atardecer lento y silencioso sobre aquel mar Mediterráneo. Como el sol que guiña a través de las hojas mecidas por la brisa mientras todos echan la siesta».
Nadie corre más que el plomo
Ignacio Marín
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«En seguida oí las risas y la música que llegaban de la playa. Había una larga fachada de merenderos y casas de comidas con los nombres escritos en las paredes con grandes caracteres. La Pepica, Amparito, La Marcelina, L’Estimat, Casa Chimo. Las Carabelas, Juanet, La Perla, La Rosa, La Muñeca, La Paz, baños El Áncora».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«—Recuerdo una casa grande con esculturas en la terraza o algo así, y a un señor al que le llevaban una paella desde un restaurante. La gente aplaudía. Algunos decían que aquel señor era un novelista muy famoso en el mundo.
—¡¡Ese era yo!! —exclamó Blasco muy eufórico.
—Sí, sí, mi familia estaba tendida en la arena y todavía siento el sol en la cara, el olor a alga, el sonido del oleaje y alguien que gritaba su nombre y apellidos de usted».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«En uno de los números, ella hacía de gata lasciva cantando con mucho swing la canción de Cliff Edwards, y después salía con un vestido corto y una sombrilla y bailaba un foxtrot. Tenía un descoco muy sugerente, lleno de picardía e ingenuidad; realmente era una artista, fuera de toda duda, que dominaba las tablas. Al finalizar la función, el escritor quiso saludarla y pasó al camerino, que enseguida comenzó a llenarse de voces, risas y exclamaciones huertanas en valenciano. ¡¡Che, che, che!! El escritor llevaba una chaqueta clara con el cuello de la camisa abierto sobre las solapas, pantalón de rayas, sombrero panamá y zapatos de dos tonos, blanco y café.
—¡¡Soy Blasco Ibáñez!! —proclamó dando por supuesto que bastaba con su nombre como presentación.
—¿El de los jinetes del Apocalipsis? —exclamó Conchita Piquer.
—Te he visto bailar. Te mueves como una bestezuela lujuriosa, como lo hacía Sónnica la Cortesana de mi novela. ¿La has leído? —le dijo el orondo personaje, que parecía derramar felicidad por todas las costuras.
—Si le digo la verdad, yo apenas sé leer, pero sé quién es usted. Recuerdo que de niña vi cómo le llevaban a casa una paella en la playa de la Malvarrosa. Aquella imagen no se me ha borrado».
Retrato de una mujer moderna
Manuel Vicent
«Uno no sabía nunca muy bien por dónde salían las personas mayores. De repente te decían que ya estaba bien de reírse, cuando eran ellas las que habían empezado, o te hacían salir del agua precipitadamente después de que te habían llevado a la playa y habían estado diciéndote y diciéndose todo el rato lo mucho que te gustaba bañarte y que disfrutabas una barbaridad metido en el agua».
El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
«Súbitamente, un tropel de Caballería apareció en lontananza con mucho estruendo, rebufos, relinchos y ruidos metálicos de sables y espuelas. Con sus maniobras ocuparon toda la ancha playa, sin poderla cruzar por el temor de ser pisoteado por los equinos. En alguna ocasión tuve que introducirme en el mar para no ser pateado por los cascos de los caballos.
Repentinamente desaparecieron tal como habían llegado, y me disponía regresar a casa atravesando la arena, cuando un grupo de soldados al galope me rodearon. El susto fue mayúsculo, pues me cachearon y me preguntaron si había visto un "ros". Aquel día, aprendí que un "ros" era un gorro militar. Se fueron cabreados y renegando, y yo corrí muy asustado hacia mi casa».
Vivencias de juventud
Francisco Marcos Hernández
«Bajo el cañizo de Casa Carmela unos pescadores jugaban a las cartas y un grupo de estudiantes cantaba sola se queda Fonseca.
—¿Quién era Blasco Ibáñez? —me preguntó Julieta.
—Un escritor.
—¿Un escritor famoso?
—Sí».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Fuimos al tercer piso. Había allí un ping-pong y unos guantes de boxeo y unas colchonetas, unos armarios derribados y restos de comida. En un lado del cielorraso habían hecho un nido las golondrinas que entraban y salían a través de las ventanas rotas. En el primer piso había habitaciones con estanterías metálicas llenas de libros del Movimiento Nacional, periódicos viejos, folletos, la colección de la revista Jerarquía. Contra una de aquellas estanterías Julieta se abandonó al ver que en la casa no había nadie y el sol en ese momento se había ido dejando la tarde llena de fruta».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«A la caída del sol nos bañamos otra vez en la playa desierta allí donde la arena comenzaba a ser invadida por los carrizales. De pronto sentí un escalofrío. Marisa me secaba con la toalla y yo la besaba y ella me decía que yo tenía los labios morados».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Bajo el cañizo de Casa Carmela sirviéndose de una silla de enea como caballete Julieta comenzó a pintar unos azules muy suaves que al parecer extraía el fondo de la tarde. A su lado yo estudiaba el pensamiento de Juan Luis Vives y ambos tomábamos caracoles de mar y mejillones. La armonía vital predomina sobre toda clase de aristotelismo, había subrayado yo con lápiz rojo en aquellos apuntes. Julieta ahora mojaba el pincel en el color violeta para pintar la sombra que en la arena proyectaba una barca varada».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
«Junto a una villa pompeyana que era, según se decía, del escritor Blasco Ibáñez aunque ahora estaba medio abandonada después de haber sido incautada por la Falange y en ella campaban juntos los últimos Flechas Navales y los primeros gitanos. La puerta estaba abierta y las ventanas tenían los cristales rotos».
Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent